Posteado por: joaquimlamorarecuero | 9 enero, 2013

EL EFECTO PLACEBO

Un estudio de la Facultad Médica de Baylor publicado el 2002 en la prestigiosa revista New England Journal of Medicine, evaluó la eficacia de la cirugía en pacientes con dolores graves y debilitantes de rodilla (1). El autor principal del estudio, el doctor Bruce Moseley, quería saber que parte de la cirugía provocaba la mejora en los pacientes. Los pacientes del estudio estaban divididos en tres grupos. En un grupo Moseley rebajó el cartílago dañado. En otro, limpió la articulación de la rodilla para eliminar cualquier material que pudiera estar causando la respuesta inflamatoria. Ambos tratamientos constituyen el tratamiento estándar de la artritis de rodilla. El tercer grupo recibió una “falsa” cirugía. Una vez que el paciente estaba sedado, Moseley hacía las tres incisiones de rigor y después hablaba y actuaba como solía hacerlo durante las intervenciones quirúrgicas reales. Incluso metía las manos en suero salino para imitar el ruido producido al limpiar la articulación. Tras cuarenta minutos, Moseley cosía las incisiones. En los tres grupos se administraron los mismos cuidados postoperatorios, que incluían un programa de ejercicios.

Los resultados fueron sorprendentes!!. Sí, los grupos que se sometieron a una cirugía real, mejoraron tal y como era de esperar. Pero ¡ el grupo placebo mejoró tanto como los otros dos ! La opinión del Dr Moseley sobre el resultado obtenido fue bastante clara: “Mi habilidad como cirujano no supuso beneficio alguno en esos pacientes. Cualquier posible beneficio de la cirugía para la osteoartritis de rodilla se debió al efecto placebo”.

Dada la eficacia del placebo, no es de extrañar que la industria de los antidepresivos, que gana alrededor de ocho mil doscientos millones de dólares al año, sufra el ataque de los críticos que afirman que las compañías farmacéuticas exageran la eficacia de sus comprimidos. En 2002, en un artículo de la revista Prevention and Treatment de la Asociación Psicológica Norteamericana titulado Las nuevas drogas del emperador, el profesor de Psicología de la Universidad de Connecticut, Irving Kirsch, reveló que el ochenta por ciento de los efectos de los antidepresivos descubiertos en los ensayos clínicos podían atribuirse al efecto placebo (2).

A partir de estos tipos de estudios, los científicos se van interesando cada vez más en el efecto placebo y están descubriendo que éste, puede ser contemplado como un tratamiento a tener muy en cuenta.

Hoy se sabe que la reputación del terapeuta y la confianza en sus capacidades influyen en la aparición del efecto placebo. Un terapeuta humano, afable y empático producirá un placebo aún más pronunciado. No obstante, lo que funciona en un determinado contexto cultural no necesariamente funciona en otro.

Un estudio realizado en 1975 sobre personas asmáticas realizado por Herbert Benson, uno de los pioneros en el campo de las relaciones entre cuerpo y la mente, propuso a sus pacientes inhalar un antialergénico muy potente. El objetivo era agravar sus síntomas respiratorios con el fin de probar la eficacia de una nueva medicación contenida en un segundo inhalador. Tras haber aspirado dos bocanadas del primer frasco, la mitad de los pacientes manifestaron dificultades respiratorias mientras que al inhalar el contenido del segundo frasco, los síntomas mejoraron rápidamente. Su respiración volvió a resultar más fácil y sus análisis de sangre indicaron la vuelta a la normalidad en cuanto a la proporción de oxígeno. ¡Podemos imaginar como se quedaron los pacientes al saber que ninguno de los dos frascos contenía alergénico o medicamento alguno, sólo agua salada ! (3).

La convicción del terapeuta es, pues, un elemento primordial en la obtención de un resultado terapéutico. Un estudio realizado en diferentes centros hospitalarios con el fin de probar la eficacia de un nuevo medicamento contra la hipertensión lo ilustra muy bien. En uno de los centros, los médicos estaban convencidos de la superioridad de la nueva molécula frente a los antiguos tratamientos. Obtuvieron resultados excelentes: la presión sanguínea de sus pacientes disminuyó de manera significativa. En los demás centros nada pudo probar la superioridad de este medicamento frente a un placebo. Se instaló la duda y los investigadores perdieron el entusiasmo. No obstante, decidieron proseguir el estudio. Para sorpresa de todos, dejaron de registrar cualquier buen resultado con el nuevo hipertensor, incluso en el centro, donde las primeras pruebas habían puesto de manifiesto su eficacia. Lo único que había cambiado era la convicción de los investigadores. Una convicción que ya no lograban transmitir a sus pacientes (4).

Un excelente estudio realizado en Inglaterra confirma el claro impacto de la reputación de un tratamiento sobre su eficacia. Más de ochocientas mujeres que sufrían migrañas fueron divididas en cuatro grupos al azar sin que los investigadores conocieran el tipo de tratamiento que se les había administrado. El primer grupo había recibido un comprimido de azúcar (placebo) etiquetado como “analgésico”. El segundo había recibido el mismo comprimido al que se le había dado el nombre de una aspirina de marca muy conocida (placebo de marca). El tercero, un comprimido de aspirina etiquetado como “analgésico”. Y por último, el cuarto grupo había recibido un comprimido de aspirina de marca muy conocida. Los resultados fueron elocuentes: la aspirina de la marca conocida resultó más eficaz que la aspirina etiquetada como “analgésico”, y el placebo de marca resultó más eficaz que el simple placebo (5).

Otro estudio realizado por Fabricio Benedetti en la Universidad de Turín, ha demostrado que la analgesia que se obtiene con un placebo se suprime si se administra al paciente naloxona, una sustancia que bloquea los receptores cerebrales de la morfina o de los opiáceos naturales producidos por el organismo. Por lo tanto, este estudio nos puede indicar que la analgesia placebo actúa de manera específica a nivel de los circuitos neurológicos del dolor (6). Un estudio escandinavo realizado con la ayuda de un escáner tomográfico que emite prositrones (PETs-can) ha demostrado que, de hecho, el placebo antidolor activa las mismas zonas cerebrales que estimula la analgesia por opiáceos (7). Y, según un estudio americano realizado mediante una resonancia magnética funcional del cerebro y publicado en 2004 en la revista Science, el placebo actúa al mismo tiempo sobre el componente objetivo y sobre el componente subjetivo del dolor (8).

Por lo tanto, el efecto placebo es muy real. Puede influir en la presión sanguínea, hacer disminuir los edemas, reducir la acidez gástrica, disminuir la tasa de colesterol, modificar el número de glóbulos rojos y de glóbulos blancos, e incluso mejorar la actividad cardíaca registrada por electrocardiograma (9).

Con este tipo de estudios podemos ir dejando la idea de que el placebo no puede producir ningún cambio fisiológico y bioquímico en la persona. Y según mi punto de vista deberíamos darle mucha más importancia a este efecto, que lo podríamos cualificar como el poder de curación que tenemos cada uno de nosotros. De hecho la industria farmacéutica conoce este efecto en el ser humano y saben que el número de píldoras prescritas, su tamaño y su color influyen en el resultado obtenido. Por ejemplo, se ha comprobado que la toma de dos comprimidos de un placebo es más eficaz que la toma de uno sólo. El mismo placebo será todavía más pronunciado si se administra por vía intravenosa. Por otro lado, las cápsulas se perciben como más beneficiosas que los comprimidos. Los comprimidos blancos, azules y verdes alivian. Los amarillos, rojos y naranjas estimulan. Y cuando más grande es el tamaño de los comprimidos, más eficaz es la medicación, a excepción de las pequeñas pastillas rojas y amarillas, que aparentan ser más activas (10).

Bibliografía:

  1. Moseley, J.B.; O’Malley, K., et al., A Controlled Trial of Arthroscopic Surgery for Osteoarthritis of the knee, New England Journal of Medicine, 347(2), pp. 81-88.
  2. Kirsch, L; Moore, T.J., et al., The Emperor’s New Drugs: An analysis of Antidepressant Medication Data Submitted to the U.S. Food and Drug Administration, Prevention and Treatment, American Psychological Association, 5, Article 23, 2002.
  3. Benson H., Epstein M.D., “The placebo effect: a neglected asset in the care of patients”, Journal of the American Medical Association, 1975, 232, págs. 1225-1227.
  4. Graceley R. H., Dubner R., Deeter W.R. et al., “Clinician’s expectations influence placebo analgesia”, Lancet, 1985, 331, pág.43.
  5. Braithwaite A., Cooper P., “Analgesic effect of branding in treatment of headaches”, British Medical Journal (Clinical Research Ed.) 1981, 282, nº 6276, págs. 1576-1578.
  6. Amanzio M., Pollo A., Maggi G., Benedetti F., “Response variability to analgesics a role for non-specific activation of endogenous opioids”, Pain, 2001, 90, págs 205-215.
  7. Petrovic P., Kalso E., Petersson K. M., Engvar M., “Placebo and opioid analgesia-Imaging a shared neuronal network”, Science, 2002, 295, págs. 1737-1740.
  8. Wager T.D., Rilling J.K., Smith E. E., Sokolik A.S., Casey K. L., Davidson R. J., Kosslyn S. M., Rose R. M., Cohen j.d., “Placebo-induced changes in fMRI in the anticipation and experience of pain”, Science, 2004, 303, págs. 1162-1166.
  9. Arstein P., “ The placebo effect”, en Leskowitz E. D. (ed.), Complementary and Alternative Medicine and Rehabilitation.
  10. Turner J. A., Deyo R.A., Loeser J. D. et al., “ The importance of placebo effects in pain treatment and research”, Journal of the American Medical Association, 1994, 271, págs. 1609-1614; De Craen A.J.M., Lampe-Schoenmaeckers A. J. E. M., Kleijnen J., “Non-specific factors in randomized clinical trials: Placebo Effect in Complementary Medicine, Edimburgo, Curchill Livingstone, 2001.
  11. La solución está en ti. Thierry Janssen. Ed.: mr Prácticos.
  12. La biología de la creencia. Dr. Bruce H. Lipton. Ed.: Palmyra
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